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Los últimos serán los primeros

Donde haya que hacer una fila y sea de latinoamericanos pueden tener la seguridad que se armará un “revolú” como bien diría un puertoriqueño.  Y no me refiero sólo a lo animados (rayando en escandalosos) que podamos llegar a ser. Nuestro afán por entrar de primeros, así los asientos sean numerados,  puede transformar un simple procedimiento de rutina (para un suizo o alemán) en un verdadero caos. 

Para muestra las puertas de embarque en los aeropuertos. Aún no han empezado a llamar a los del primer grupo, cuando habrá más de uno (con su correspondiente familión) que siendo del grupo seis se amontone a la entrada, listo para entrar,  si no es  porque el personal de la aerolínea lo para en seco y le recuerda que debe esperar su turno.

Ni que hablar del proceso para entrar a un evento. Ante una fila muy larga (esa de la gente civilizada que decide llegar temprano para asegurarse que sí va a entrar), el modus operandi de estos que se creen más listos que los demás, es muy simple:  “mi amor espérame aquí (al final de la fila) con los niños (si es que los hay), mientras voy a ver a quién me consigo más adelante”. Y pueden jurar que al rato regresa, muy satisfecho y con su cara muy lavada, a buscar a su familia o amigos para colarse.

Lo más triste de todo es que a ese que se consiguió, apenas si lo reconoció pues la última vez que se vieron fue en tercero de primaria (o sería kinder?) ¿Será que no les da vergüenza o es la mal llamada “viveza” latinoamericana?

Yo conozco a más de uno que estando cerca de la entrada se concentra en mirar al piso, porque sabe que en cualquier momento lo van a venir a saludar ¡Y con toda la razón! Estando una vez 45 minutos en fila para comprar unos boletos, se no acercó una pareja que me oyó hablar en español y me preguntó si podía quedarse con nosotros para comprar sus boletos porque “es que la fila está larguíiiiiisima y no sabemos si vamos a poder llegar” ¿Cómo decirles que no si a fin de cuentas hablamos el mismo idioma? Un favor se le hace a cualquiera. El caso es que veinte minutos después llegó un amigo de ellos con dos personas más, que entre saludos, risitas y que bueno que todos hablamos español, también se quedó. Y al rato dos más, amigo del amigo del amigo. O sea que en un pestañar (y más de una hora  de mi tiempo en fila) 7 personas adelantaron, de lo más campante, a un centenar…

No les quiero ni contar la cara del norteamericano que tenía atrás. De verdad no me hubiera extrañado si hubiera llamado a seguridad porque ya eso no era un favor, sino un abuso...



Encuentros y desencuentros de hispanos en USA

Oir hablar español a una persona y preguntarle de qué país viene, van agarrados de la mano. Por eso los invito a todos, cachacos, chilangos, gochos, paisas, porteños, ticos, catrachos, andinos, costeños, boricuas, charrúas, chapines, jarochos, y alguno más que se me escapa, a compartir los encuentros y desencuentros de su vida en Estados Unidos. Chido, ¿no? O es más bien ¿chévere? ¿O bacano?. Espero aquí se vean reflejados.